Me invadió una sensación de cuidado y protección. En cualquier otra situación, me habría largado, dejando que se ahogara en lo que ella misma se había buscado.
Pero con Mariana era distinto… igual que pasó con Nara. Ese instinto, esa sensación de que tenía el deber de cuidarla…
Me quedé a su lado, también de rodillas, apartándole el pelo de la cara, que estaba sudada y pálida.
— Eres… un idiota —lloriqueó entre espasmo y espasmo, con las lágrimas del esfuerzo recorriéndole el rostro.
— Ya me ha