(Visión de Rodrigo)
El puto vino no me hacía ni efecto.
Estaba en mi despacho, con una copa en la mano, pero solo me venía el regusto amargo de sus palabras.
La imagen de sus ojos en la puerta de la bodega, cargados de un odio que parecía salir de una herida mucho más profunda, se me había quedado grabada a fuego.
Había ido a casa de Priscila buscando un anestésico, algo para olvidar fácil, pero solo encontré un vacío todavía más grande, una comparación sosa e insatisfactoria que me hizo largar