Cap.126

Juraba que me iba a caer, me dolía el pecho de lo fuerte que me latía el corazón. Pero en el último momento, sus brazos fuertes me rodearon y nos estabilizaron en el suelo.

— ¡Ay, Dios mío, Rodrigo! No… tú no puedes…

Busqué la sangre, la herida, se me estaban llenando los ojos de lágrimas y apenas podía articular palabra.

Mientras tanto, los disparos atronaban mientras sus hombres devolvían el fuego al desgraciado que había disparado.

Estaba desesperada, buscando cualquier herida, cuando él me
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