Juraba que me iba a caer, me dolía el pecho de lo fuerte que me latía el corazón. Pero en el último momento, sus brazos fuertes me rodearon y nos estabilizaron en el suelo.
— ¡Ay, Dios mío, Rodrigo! No… tú no puedes…
Busqué la sangre, la herida, se me estaban llenando los ojos de lágrimas y apenas podía articular palabra.
Mientras tanto, los disparos atronaban mientras sus hombres devolvían el fuego al desgraciado que había disparado.
Estaba desesperada, buscando cualquier herida, cuando él me