El viento del amanecer era helado, cortante, y el cielo apenas comenzaba a teñirse de un gris pálido sobre los callejones húmedos de Mapo-gu. Hernan caminaba con las manos en los bolsillos, la capucha cubriéndole hasta la frente y una mascarilla negra ocultando lo poco de su rostro visible. Nadie lo miraba dos veces; en una ciudad que no dormía, los fantasmas caminaban entre los vivos todo el tiempo.
Se movía con cautela. Había aprendido a leer el lenguaje de las calles: cuándo cruzar, cuándo m