77. Una guerra moderna por el amor
El vino se deslizaba por el cristal como una herida abierta. El reloj marcaba las cinco y cuarenta y tres, pero Emilia Pavón ya estaba despierta. No dormía desde hacía días. Se sirvió otra copa, observando cómo el líquido rojo oscilaba al compás de sus pensamientos.
Sabía lo que debía hacer, sabía que el juego había cambiado. Shaya había sobrevivido, y eso, para todos ellos, era una condena.
Tomó un sorbo, dejando que el sabor metálico le ardiera en la lengua. La ciudad aún estaba a medio despe