Lysa
No quería engañarme a mi misma. Era a la única persona en el mundo a la que no podía ocultarle nada, porque luego de que los días comenzaran a transcurrir, pude darme cuenta poco a poco de lo difícil que era sobrevivir en un sitio así de desértico.
El aire estaba seco, me raspaba la garganta todo el tiempo. La tierra golpeaba mi rostro una y otra vez, cada vez que el viento soplaba. Y el viento soplaba incansablemente.
—No hay rastros de agua, señora Lysa. —dijo uno de los cazadores que es