Cap. 58 ¡Arrastradas!
Al salir, con Ginevra a su lado riendo por lo bajo, Dayana sintió la mirada de Bárbara clavada en su espalda. No era solo odio. Era el reconocimiento, amargo e inevitable, de la derrota total.
Su nuera ya no era la intrusa. Era la benefactora principal, la que sostenía el martillo simbólico del poder y la influencia. Y Ares, su hijo, le había entregado ese martillo con amor y con la más completa de las venganzas: hacerla inalcanzable.
La salida de la gala fue un lento desfile de despedidas y reconocimientos. Dayana, ahora centro indiscutible de atención, aceptaba felicitaciones con una gracia que parecía innata, mientras Ginevra hacía de escudo social, desviando a los más pesados con su charla rápida. Vittorio y Pietro pasaron de largo como fantasmas amargos, un mero asentimiento de cabeza su único reconocimiento a su existencia. La derrota los había convertido en espectros.
Pero las sombras más persistentes aún acechaban. Bárbara, con Emilia y Emanuela a la zaga como perros falderos