La tragedia se cernía sobre la capilla como una sombra implacable, y el silencio que la envolvía era tan denso que parecía palpable. Nicolás, atrapado entre el horror y la incredulidad, no podía asimilar lo que había sucedido. La imagen de David, el hermano de su esposa, yaciendo inerte bajo la capa que él mismo había colocado con manos temblorosas, lo perseguiría por siempre. Cada rincón del lugar parecía susurrar los ecos de una vida truncada, y el peso de la culpa se instalaba en su pecho co