En la majestuosa mansión de los Pertong, Aita se despertó empapada en sudor. Había tenido un sueño perturbador, recordando la noche en la posada cuando todo comenzó a salir mal. Debía dominar esos brotes de inquietud que cada vez eran más fuertes y frecuentes. La posibilidad de tener un novio grande y fuerte, y vivir con él, no resultaba especialmente tranquilizadora.
Sentía que le debía a Llelewas una explicación más detallada. Él no había hecho nada para merecer su desprecio, y a pesar de que