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El monitor cardíaco emitía un pitido constante y rítmico.

Ese sonido se había vuelto el ancla de mi cordura en las últimas horas.

Porque mientras siguiera escuchándolo, significaba que Santiago Ferrer seguía con vida.

Mi mano aún descansaba sobre la suya, mis dedos aferrándose a él como si mi contacto pudiera mantenerlo aquí, conmigo.

No sé cuántas horas habían pasado

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