Mundo ficciónIniciar sesiónVael Zarkov.
Mi presa canario camina hasta el avión tras bajar de la camioneta. Atlas aterriza, yo camino hasta el interior del edificio a doscientos metros del hangar, mientras el avión recorre los dos kilómetros hasta detenerse. Suelto a Svarog para que se siente en su sitio. Una alfombra que calienta sus enormes patas, silenciando el arrastre de sus cadenas. Me quito el abrigo de piel y alcanzo mi caja de indumentaria. Los gritos se comienzan a escuchar, aunque mi mente capta dos. No uno. —Hagan lo que quieran conmigo, pero suéltenla a ella— exclama la pequeña mierd@ que viene gastándose las fuerzas en una pelea que evidentemente no podría ganar ni con ayuda. Timur lo levanta de la cuerda que le sujeta los brazos. Las corta y le arranca la bolsa desgastada que tiene en la cabeza, mostrándome el rostro del sujeto que nadie recordaba por nombre, sino por rostro. Y después de años regresó al mismo hospital donde después de no hacer su trabajo, huyó. Sus ojos buscan orientación. Su cuerpo sigue rígido y en su cara se puede ver el inútil intento de evitar lo que nadie podría. Magullado, vestido como principito con mal presupuesto y tomando la decisión de mirar hacia su derecha, al fin nuestras miradas se cruzan. No soporta ni dos segundos, girándose para evitarme, como si supiera que eso aquí, además de ser un privilegio, es el principio de su báratro. —¿Quienes son ustedes?— se sacude en la silla que lo mantiene lejos del suelo. «La técnica más estúpida de todas». No sabe que hasta fingir ignorancia me coloca un arma para él en las manos. La otra silueta grita algo que su mordaza no permite convertirlo en palabras. —¿Qué quieren? ¿Por qué me tienen aquí?— se sacude Jayden Roque. A la vez que Timur desata a quien no deja de hablar con la mordaza en la boca. —Deja…Avery…Avery, voy a sacarte de aquí, ¿me escuchas? Mi risa cobra tamaño cuando huelo el desespero de la pequeña mierd4. —Espero que esta sea una de esas sorpresas que terminan con stripers bailando sin ropa —dice una voz femenina que me hace ver a quien tiene el pelo alborotado cubriendo toda su cara. —Sería decepcionante si no. Les indico a todos que se marchen, y enseguida acatan, dejándome solo con la parejita. —Tu novia habla mucho —al ver el miedo en él, me acerco a la mujercita que está atada a la silla, la cual sopla el pelo que no se le despega del rostro.. —Veamos qué hace sin lengua. Mi mano enguantada le toma el cuello, extrayendo el cuchillo. —¡No!— grita el principito. —¡No lo haga! Me vuelvo hacia él sin soltar a la mujercilla que ni siquiera hace el intento de pelear. Aún cuando su respiración es una oleada de viento contra mi abdomen al sujetarla, mientras mis ojos sólo ven al chillón. —No sé quiénes… —Diecinueve de julio— le echo en cara. —Jodiste dos vidas, acabaste con una y te faltaron cojones para enfrentarlo. —Eso no es…—el filo roza la piel que sangra. —¡Escúcheme!— pasa saliva. —Por favor, suéltela. Ella no tiene la culpa de mis errores. —¿Y mi hermana sí?— suelto a la novia y me lanzo hacia él para sujetarle la mata de cabello, colocando el filo que le abre la piel en la clavícula. —Dime, pequeña mierd4, ¿mi hermana tenía la culpa de tu ineptitud? —Usted no sabe…—pasa saliva y hundo más el filo. —Ella y yo habíamos terminado con…Me pasé de tragos con…Quise evitarlo. Lo lamento. ¡Tenga compasión! —Mala palabra— deslizo el filo hasta su hombro, mientras grita hipando como un niñato llorón. —Muy mala… Un empujón me sacude al mismo tiempo que mi brazo se gira hacia quien lo ocasiona. Aunque la silueta la evade deslizándose con habilidad, como si hubiese sido entrenada en la mozg. Me sale en la espalda, evade dos cuchilladas más. La melena oscura se mueve a una velocidad sorprendente, huyendo del filo que le lanzo cuando se oculta tomando algo de mi caja de herramientas. De inmediato descubro la pieza que falta y tomo el control remoto que activo, dejando que el humo salga disparado, antes de ir por ella. —¡Avery, no!— le advierte demasiado tarde. Es rápida, pero no tanto cuando la atrapo por la melena que enrosco en mi mano, la arrodillo reforzando el agarre al presionar su cuello dispuesto a romper cada vértebra. —No. Por favor no lo haga— moquea el insulto de hombre. —Ella es…Es mi vida. No me la quite. Sus palabras se convierten en estímulo para mi fuerza, la cual sigue presionando el cuello de la mujer que me entierra las uñas, abriéndome la piel. Un sonido escapa de su boca. —No…¡No! ¡Por favor!— la lucha acaba cuando la novia pierde el conocimiento. Solo en ese momento la libero. —No…¡Avery! —hace tambalear la silla, rompiendo en llanto. —Llora cuando te ponga su corazón en las manos —le hago ver que aún respira cuando la dejo caer, luego de haberla dejado inconsciente con una técnica de sometimiento que no había usado en estos casos. Pero que resultó útil. Y parece haber resistido mejor que aún las más experimentadas. Mis ojos quieren verle la cara, apartando el pelo que la cubre. —¡Es un maldit0! ¡Es un infeliz!— volteo hacia el hombre amarrado para abrir la mano sobre el rostro de la novia. Encaja perfecto. El alivio no le llega al rostro al doctor. Sabe que solo extiendo su agonía. —¡Mi amor! —quiere provocar una caída de su silla para ir con ella. Las ajustadas cuerdas no se lo permiten. —Señor… Un agitado Timur empuja la puerta cuando la dejo en el suelo, y ante su alarmada mirada, pregunto qué diablos lo hace interrumpirme. —No la puede matar— pasa saliva. Le permito acercarse cuando lo solicita. —Revisamos su pasaporte. Avery Doolittle —lo muestra—. Pero al investigar no hay información. Me extiende el documento con su fotografía. —Hay bloqueos para dar con algún dato —veo el nombre y luego la imagen. —Usted sabe en qué círculos cubren huellas así. —Pertenece a algún clan de mafia —no escondo el asombro. —Debemos liberarla, señor —sugiere. Siento las uñas clavadas todavía, aunque ya no estén ahí. Volteo a ver la figura en el piso y alzo una ceja, apretando el puño que arde ligeramente, aunque un hilo de sangre lo recorra, avisando que es más grande de lo imaginado. Mi tolerancia al dolor es tan grande como el mundo que la marca. —Deje que se vaya —sigue suplicando el hombre amarrado. Sus lágrimas escurren hasta caer sobre la relación de su camisa. —Haga conmigo lo que quiera. —Metélos en una caja —abro el puño, yendo con él detrás de mí al ponerme de cuclillas frente a la silueta inconsciente. Le tomo el cabello y alzo el rostro. —Regresamos a Tomsk. —Señor, si pertenece a una familia importante dentro de… —Sea quien sea, a su familia no le conviene iniciar conflictos con quien no le pesa tener enemigos, porque por más grandes que sean, nunca uno me ha durado mucho tiempo —establezco yendo con mi presa canario hacia la puerta, luego de soltarla. Svarog me acompaña hasta el exterior, mientras Timur parece no querer hacer la pregunta que lo tiene nervioso. —Señor, no sé lo que planea, y sabe que no le llevaré la contra, pero… —Aplicaré la Ley del Talión— dictamino encendiendo el puro que extraigo de mi abrigo. —¿Activará la Ley del Talión? —traga grueso. Expulso el humo lentamente, observando cómo el pasaporte se arruga entre mis dedos. —Los religiosos hablan de ojo por ojo. El documento termina hecho una bola. —Yo cobro intereses — suelto el material destruido sobre la nieve. Timur guarda silencio. —Matarlo sería misericordia —levanto la vista hacia el hangar. —Conmigo nadie la conoce —determino. —Mi hermana murió una sola vez. Él va a hacerlo todos los días —aprieto la mandíbula. —Y a esa pequeña mierd4 le voy a quitar lo que más ama. —Señor, pero lo que más ama puede pertenecer a una familia poderosa— argumenta. —Y yo soy uno de los hijos de perra más poderosos de Rusia —enfatizo para que asimile de una vez que ver en la mierd4 a ese miserable no será posible si lo aplasto. Aunque sea la opción más rápida. Quiero que aprenda a medir el tiempo por el sonido de su propia desesperación. Que recuerde la primera ley que se dicta cuando conocen mi existencia; mi crueldad no consiste en matar, sino en diseñar el sufrimiento Va a sufrir si ve lo que más ama… en las manos de lo que más le aterra.






