El ambiente en la casa estaba impregnado de un resplandor dorado, como si cada rincón estuviera bañado en el suave abrazo de un atardecer interminable.
—Tú, no —dijo Iván en la mesa a modo de juego.
—Tú, no —le contestó Adriel muy en serio, con las mejillas infladas y el entrecejo fruncido, en un intento de parecer furioso, aunque el gesto resultaba enternecedor.
Urriaga volvió la vista en dirección a su hijo y lo regañó por hacer enojar a su nieto.
—Así nos llevamos —le dijo Iván mientras apre