Después de avanzar por la avenida y revisar en los letreros los nombres de las calles, al fin se rindió y volvió a pedir indicaciones a los transeúntes.
Su rostro se llenó de frustración al darse cuenta de que seguía una ruta contraria a donde quería llegar.
Tras pasar treinta minutos, finalmente dio con el edificio color ladrillo y portón negro en la esquina de la calle siete.
Tocó el timbre que tenía el número tres. En menos de cinco minutos, la puerta se abrió.
Nathan se quedó parado