Tomo su mano a regañadientes, porque debo hacerlo. Pero en cuanto su mano se entrelaza con la mía, que la aprieta un poco, el agarre me acelera el pulso y más porque acorta la distancia entre los dos sin dejar de mirarme a los ojos.
Su agarre no me duele, pero el hecho de que se acerque así me roba el aire. Porque siento como si me estuviera marcando la piel con este gesto tan pequeño, tan discreto, pero imponente y propio.
Su seguridad insolente me altera los sentidos y antes de que pueda d