Su tono no tiene ironía, tiene algo más que ni siquiera es una burla. Es una mezcla de advertencia y deseo.
Mis labios se separan apenas, porque estoy buscando oxígeno por algo que no sea nada más que mi nariz. Me esfuerzo en no mostrarme nerviosa, por muy confundida que me haya hecho sentir su declaración.
—¿Por qué? —susurro, sin reconocer mi propia voz. Porque ahora la mirada de Maximilian vuelve a descender hasta mis labios, avivando una tensión diferente, pero muy insoportable—. ¿Por qué me