La campana sobre la puerta de la cafetería tintineó. No necesité levantar la vista para saber que era él. Por decimoquinta vez esta semana, la sombra había regresado.
Se sentó en la misma mesa de la esquina. Llevaba un traje que costaba más de lo que yo ganaba en un año. Era guapo, pero era una belleza de las peligrosas. Sus ojos eran oscuros y pesados. No solo me miraban; me escaneaban.
Pidió un café solo y se quedó sentado allí durante horas, observando cada movimiento que yo hacía. Pod