No respondí. Caminé hacia la cama con el corazón en la garganta. Me sentía audaz, me sentía loca. Pero lo deseaba.
Me subí al colchón y gateé justo por encima de él. Estaba allí tumbado, desnudo bajo la fina manta, tal como sabía que estaría. Podía sentir el calor irradiando de su piel.
—¿Por qué te escondes de mí? —susurré, con la voz temblorosa mientras acomodaba mi peso sobre su regazo.
Ford soltó una risa baja y oscura. El sonido vibró a través de mis muslos. —No me estoy escondiendo, Da