Seguí a mi madre por el pasillo con la sensación incómoda de que cada paso que daba no era completamente mío, como si algo en el ambiente hubiera cambiado de forma imperceptible pero definitiva, como si la casa, con su orden impecable y su silencio perfectamente calculado, hubiera empezado a observarme de una manera distinta, más consciente, más atenta, como si ya no fuera solo un lugar donde vivía sino un espacio donde estaba siendo medida, evaluada, contenida. Ella no dijo nada de inmediato,