El cielo oscureció y sutiles gotas inundaron el ocaso.
No nos dimos cuenta que las nubes pronosticaban una noche extremadamente fría. Las calles se tornarían resbalosas en cuestión de minutos. No le dimos importancia, si no, hasta que la gélida precipitación cayó sobre nosotros, empapándonos por completo.
Empezamos a reír mientras corríamos al automóvil; ya dentro, nos besamos como dos adolescentes excitados después de hacer una travesura –claro, yo aún era joven, pero Mr. Stevens, ya no tenía