El oxígeno había abandonado la sala.
Su cuerpo había colonizado mi alrededor. Los sonidos de afuera, ese tecleo de los teclados, desaparecieron. Lo único en esa habitación era su perfume embriagante. Después…
solo nos sincronizamos.
Nuestras respiraciones se volvieron una danza imposible de no notar. Nuestras miradas se sostenían. Su sonrisa se volvió sutil. Encantadora. Desgarradora. Sus ojos verdosos acaramelados se oscurecieron al punto de tornarse esmeralda.
Él ya no era un lobo, no se hab