Me miró y en sus ojos había un destello peligroso.
Yo le sonreí con dulzura:
—Seguro no comiste, ¿verdad? Te preparé la cena con mis propias manos, vamos a comer juntos.
Mateo seguía muy serio, sin relajarse en lo más mínimo.
Me apartó la mano de sus labios y me respondió con sequedad:
—Deja de cambiar de tema. ¿A qué viene hablar de cenar ahora? Primero aclara las cosas, ¿y luego piensas en comer?
Miré hacia afuera y le contesté:
—Ya es de tarde, no probé nada en todo el día, estoy muerta de ha