Al final de la charla, él volteó hacia mí y sonrió.
Fue una sonrisa bien misteriosa.
Yo, sin mucha seguridad, dije:
—N-no, mejor no recordemos nada. Al fin y al cabo, lo que pasa borracho no es de verdad.
—Ah… entonces si borracho me acuesto contigo, ¿tampoco es de verdad? —preguntó Mateo.
No supe qué decir.
Él sonrió de nuevo:
—La noche de la fiesta de graduación, parecías tomártelo muy en serio, como si me quisieras devorar vivo.
—Eso fue porque te aprovechaste de mí, yo estaba furiosa… —respo