—¿Aurora…?
Mateo me miró sorprendido.
—¿Te lastimaste?
Contuve el dolor para que no pensara que exageraba. Se agachó para ver mi tobillo.
Yo lo retiré un poco, para que no lo viera bien. Eso no le gustó, me agarró la pierna y, con firmeza, tiró de mi pie.
Observó mi tobillo hinchado por unos segundos y, con cara seria, dijo:
—¿Por qué no dijiste nada?
—¿Por qué debería decirlo? ¿De verdad crees que si lo digo te importaría?
Le sonreí con sarcasmo.
Mateo me miró fijamente por un ra