En el instante en que el motor se apagó, Sofía volvió a tensarse ligeramente. Abrazó el termo contra su pecho, como si fuera el único apoyo al que podía aferrarse.
Me desabroché el cinturón de seguridad y, justo cuando iba a abrir la puerta, ella tiró suavemente de mi manga y me mostró unas palabras recién escritas.
“¿Aquí vive Waylon?”
Arrugué los labios y asentí.
—Sí.
Ella soltó una pequeña risa ahogada y escribió:
“Así que todo este tiempo él y yo estuvimos en el mismo lugar”.
Sí. En realida