El funeral de la madre de Mateo acababa de terminar, y él y su grupo bajaban por la montaña.
Su expresión parecía tranquila, pero en sus ojos había una ira profunda que hacía que cualquiera se sintiera incómodo.
Pasé a su lado, pero él ni me miró.
Llevaba un abrigo negro, y su presencia era más tenebrosa que las lápidas del cementerio.
Me mordí los labios, sintiendo un dolor punzante en el pecho.
Me acerqué a esa tumba recién hecha, observando la foto en la lápida, y mis ojos se volvieron a llenar de lágrimas.
Era una foto de mamá, sonriendo de oreja a oreja.
Pero ya no la vería nunca más, ni escucharía su voz.
Mi hermano colocó la urna con las cenizas de mamá en la tumba y se arrodilló frente a ella, golpeándose la cabeza.
Mi papá también se arrodilló, llorando desconsolado.
Yo creía que mi papá de verdad amaba a mamá, pero, como todos, tiene debilidades y, al final, no resistió a la tentación.
Sin embargo, eso no era suficiente para perdonarlo.
Él, igual que mi hermano, nos falló, y