El funeral de la madre de Mateo acababa de terminar, y él y su grupo bajaban por la montaña.
Su expresión parecía tranquila, pero en sus ojos había una ira profunda que hacía que cualquiera se sintiera incómodo.
Pasé a su lado, pero él ni me miró.
Llevaba un abrigo negro, y su presencia era más tenebrosa que las lápidas del cementerio.
Me mordí los labios, sintiendo un dolor punzante en el pecho.
Me acerqué a esa tumba recién hecha, observando la foto en la lápida, y mis ojos se volvieron a lle