Mateo observaba tranquilo cómo Alan y yo nos mirábamos.
Alan no aguantó más y le gritó:
—¡Estás loco de remate! —Luego, dijo—: ¡Mira bien, abre los ojos y pon atención!
Dicho esto, Alan me agarró del hombro y su cara se acercó lentamente. Estaba más cerca que antes, casi podía sentir su aliento. Mi corazón ya estaba acelerado.
Y lo peor era que Mateo estaba sentado justo al lado, mirándonos fijamente, lo que hacía que el ambiente fuera aún más tenso. Esto me puso más nerviosa.
El alient