Mi mente ya estaba en las nubes cuando él me hizo esa pregunta de repente, dejándome totalmente desconcertada.
Como no respondí enseguida, él me pellizcó la cintura y repitió su pregunta:
—¿Sabes por qué estoy molesto?
Ese pellizco sí me dolió un poco.
Lo miré con los ojos aguados. No sabía si por el dolor o por el vapor del agua.
Abrí la boca y, después de unos segundos, logré decir algo:
—Tú… tú eres muy desconfiado. Otra vez estás sospechando que… que me gusta Javier, ¿verdad?
Jadeaba al habl