—¡Ya no más! —le grité de repente antes de que terminara de hablar. Toda la frustración que llevaba acumulada estos días explotó.
—¡Siempre me echas la culpa! ¡Y ni siquiera fui yo la que quiso venir a ver a tu madre! ¡Fue ella la que me llamó y me pidió que viniera! Es tu madre, yo respeto a los mayores, ¿cómo iba a negarme? ¿Por qué todo tiene que ser mi culpa siempre?
Sentía los ojos arder, con un nudo en la garganta. Toda la tristeza y el resentimiento encontraron por fin una salida.
Lo mir