Me giré por instinto, y sentí algo estremecerse en lo más profundo de mi ser.
Era Mateo.
Su mirada profunda estaba fija en mí, con una chispa de enojo.
Bajé la cabeza y me quedé quieta a un lado.
Que él hubiera llegado no estaba del todo mal; al menos ya no tenía que enfrentar sola a su madre.
Y si había escuchado lo que dije antes… pues bien. Después de todo, lo del divorcio era algo que quería hablar con él seriamente.
—Mateo, ya llegaste —llamó Sayuri, con una voz suave como la que usaba con