—Aurora, antes de cuestionarme, ¡mejor aclara lo que sientes tú misma! —me regañó Mateo.
Lo miré con rabia y tristeza, apretando los labios sin responder.
Él se arregló el abrigo y me ordenó:
—Quédate aquí. Haré que el chofer venga por ti.
Sin esperar mi respuesta, se dio la vuelta y se fue directo hacia el auto, sin mirar atrás.
Lágrimas de impotencia bajaban por mis mejillas. Todo mi pecho se llenó de amargura.
Mateo, esta vez no es que yo no quiera arreglar las cosas ni que no quiera explicar