Pero cuando corrí tras él, Mateo ya se había subido al auto.
Corrí hacia él, apresurada, pero en un segundo encendió el motor y el auto salió disparado como una flecha.
—¡Mateo!
Le grité al auto, llena de tristeza.
Él ni siquiera quiso escuchar mi explicación.
Ni intentó creer en mis palabras.
No importaba cuántas veces le asegurara que el único que me gustaba era él, simplemente no me creía.
Ahora, ya no sabía qué hacer.
Tampoco estaba segura de cuánto podía sobrevivir una relación tan falta d