—¿No parece que estos me los hice una gata salvaje? —dijo Waylon.
Apenas terminó la frase, se rio un poco. Burlón, pero amenazante.
Molesta, lo miré fijamente.
Quedaba clarísimo: no iba a parar hasta hacerme decir lo que él quería que diga y humillar a Mateo.
Waylon me sonrió, con malicia, y dijo:
—Solo tienes que decirle al señor Bernard si te obligué anoche o no, ¿no te basta con eso?
Mateo no me quitaba esos ojos oscuros de encima. Estaban llenos de rabia, daba miedo de verdad.
Apreté los lab