Se vio cómo Waylon se hizo a un lado de inmediato.
Igual, la hoja le alcanzó a cortar el brazo y empezó a sangrar al instante.
La rabia de Waylon se disparó de golpe. Se paró, furioso:
—¡Mateo, eres un maldito loco, ¿quieres que te maten?!
Con su grito, todos los guardaespaldas de la sala se nos vinieron encima.
Alan y yo estábamos muertos de miedo.
Pero Mateo, como si no entendiera lo grave del asunto, seguía viendo a Waylon con esa mirada desafiante.
Me apuré a hablarle a Waylon:
—Señor Dupuis