Camila, pálida y angustiada, le preguntó a Alan:
—Alan, ¿le pasó algo a Mateo? Llévame con ustedes, quiero ir a verlo.
Alan le respondió con fastidio:
—¡Ya estuvo! ¿Aparte de llorar, sabes hacer otra cosa? No estorbes, quédate aquí en el hotel, ¿sí?
Le habló de malas ganas, y luego me tomó de la mano y nos fuimos rápido al ascensor.
Camila se quedó en el pasillo, llorando bajito.
Pero Alan no era Mateo, no nos importaban sus lágrimas.
Cuando salimos del hotel, noté que ya había oscurecido otra v