—Perdón, Mateo, yo... yo siempre los molesto, perdón...
Camila hablaba entre llanto, las lágrimas le caían sin parar.
Su triste fragilidad no parecía fingida.
Mateo la consoló de inmediato:
—No digas eso. Tú no tienes la culpa de estar enferma.
—Perdón... ah, me duele mucho, Mateo, ¿qué hago con este dolor en el pecho...?
Camila lloraba, se notaba que estaba sufriendo.
Mateo la levantó en brazos y dijo con voz seria:
—Te llevo al hospital ya.
Apurado, fue hacia el ascensor.
Después de avanzar un