Mientras hablábamos, de pronto empezó a sonar el teléfono de Alan.
Él lo miró, luego me vio y sonrió.
— Mira, como tú no le contestas, ahora Mateo me está marcando a mí —dijo, y lo puso en altavoz.
— ¿Ya llegó? —preguntó Mateo. No sonaba muy amable, se notaba que estaba aguantando el enojo.
Alan sonrió de manera burlona.
— Sí, ya está aquí, justo al lado mío. ¿Quieres que le diga que te hable?
— ¡No! —contestó Mateo, con un tono seco, y colgó sin decir más.
Alan se echó a reír.
— Anda, ustedes s