El débil haz de la linterna iluminó las enredaderas retorcidas, proyectando sombras entrecruzadas, como si innumerables bestias acecharan en silencio, listas para saltar.
Respiré hondo, conteniendo el miedo, y me acerqué con cautela a aquella maraña densa.
Pero por más que recorrí con la luz cada rincón, no encontré rastro de Sofía. Sentí cómo el corazón se me hundía.
¿Se habría ido sola? ¿O alguien se la habría llevado?
La ansiedad creció en mi pecho.
Si le había pasado algo… el señor Pedro sí