—Por eso, ante una oportunidad como esta, seguro que vendrá en persona.
Con esas palabras del señor Felipe, las camionetas se detuvieron junto al punto de intercambio.
Las puertas se abrieron y, como era de esperar, Pedro bajó.
Después, más de una decena de hombres descendieron y se acercaron a él.
Vestía un abrigo negro; su figura era erguida y, aun en la noche, su presencia imponente no se disimulaba.
Solo que su frente estaba ligeramente arrugada, mostrando una cautela evidente.
Claro, aunque