Y sí, no lo culpo por estar tan sorprendido.
Con él y con su mamá, por respeto a lo que alguna vez hubo, siempre fui paciente, incluso cuando cruzaban la línea. Nunca les hablé así, con ese tono tan feo.
Pero ya estuvo. Era momento de poner un límite claro.
Si no, todo el mundo iba a seguir pensando que éramos pareja.
Y Mateo, feliz, convencido de que yo andaba mintiendo a diestra y siniestra.
Lo miré fijo y le dije:
—Entre tú y yo no hay nada. Así que, por favor, deja de inventar cosas delante