—¡Eh!
Caleb me dio una patadita en el pie y dijo:
—Hace un rato, Mateo dijo que si aceptas que esto ya te quedó grande y tiras la toalla, te perdona y te saca el castigo.
Levanté la vista y miré directo a Mateo.
Estaba sentado en una silla, con ese aire sobrado de siempre, un cigarro colgándole entre los dedos y esa asquerosa sonrisa.
—¡Te están hablando! —repitió Caleb, dándome otra patadita.
Lo miré sin apuro y le respondí:
—Anda y dile que puedo con esto.
Caleb quedó confundido.
—Ah, qué terc