El señor Felipe me lanzó una mirada de reojo y luego arrugó la cara al mirar a “Darío”, que seguía con esa expresión feroz.
—Compórtate de una vez. No andes levantando los puños a la menor provocación ni vengas con esa brutalidad tuya. Te entregué a esta mujer, pero no para que la golpees a tu antojo. Si no eres capaz de tratarla bien, entonces me la llevaré. No vaya a ser que tú…
—¡No, señor Felipe!...
“Darío” soltó enseguida un lamento exagerado, casi llorando.
—No puede llevarse a esta maldit