Mi corazón dio un vuelco. Levanté la cabeza de golpe y vi que “Darío” bajaba por el recodo de la escalera.
Llevaba puesto un pijama holgado, el cabello desordenado. En sus ojos aún quedaban restos de venas rojas sin disiparse; parecía recién despertado.
Tampoco se había dado cuenta de que había gente en la sala, mucho menos de que el señor Felipe estaba presente. Se apoyaba en la barandilla mientras bajaba, bostezando.
Mientras descendía, seguía insultándome.
—¡Maldita puta! Te dije que me prepa