El aislamiento acústico de la casa era demasiado bueno; si no prestaba mucha atención, era imposible oír nada.
Efectivamente, al otro lado de la puerta, volvió a escucharse un ruido apenas perceptible, como si alguien golpeara suavemente la madera con los nudillos: débil, apresurado, casi inexistente.
El corazón se me subió de golpe hasta la garganta.
¿Era Mateo?
¿Había vuelto?
No tuve tiempo de pensarlo más. Corrí enseguida y abrí la puerta.
Al instante, una ráfaga de viento helado mezclado con