De inmediato, se le cambió la cara al señor Felipe.
—¡Deténganla! ¡Rápido, deténganla! —gritó.
Por dentro me reí, porque ese viejo astuto no había cambiado de estrategia de repente; todo había sido mentira, una prueba más. Desde el principio, esa "segunda trampa" no era para el señor Pedro, sino el examen final para mí, y ahora que por fin comprobaba que yo "le era leal", había entrado en pánico por miedo a perder una pieza útil.
Era prueba tras prueba y sospecha tras sospecha, desconfiado hasta