Apenas Waylon dijo esa frase, algo en el aire cambió, y supe que no era mi imaginación. Un segundo después, noté junto a mí una presencia densa e imposible de ignorar; miré de reojo y vi al entrenador Darío, alto e inmóvil, con una expresión muy amenazante; miraba a Waylon como si evaluara dónde enterrarlo.
Esos dos… ya se conocían perfectamente, y aun así se seguían midiendo cada vez que coincidían. Y encima estaba Waylon, que vivía para provocar; porque si el mundo no ardía, él echaba más leña