Entonces también asentí, temblorosa, fingiendo obediencia:
—Sí, Darío… yo… en adelante solo te serviré a ti…
—Así está mejor.
"Darío" suspiró y, sujetándome por la cintura, me sentó sobre sus piernas. Incómoda, me moví un poco y dije con cautela:
—Darío, mejor déjame bajar… así te estorbo para comer…
—Si sabes que estorbas, entonces aliméntame tú. ¿También tengo que decírtelo? ¡Qué lenta eres!
Gruñó y volvió a darme una palmada. Casi me puse a llorar. ¡Seguro lo hacía a propósito! Desde que apar