Javier de verdad quería irse; quería llevarse a Aurora y largarse de ese lugar de una vez por todas. Pero hasta ese momento no la había visto; ni siquiera sabía dónde la tenía escondida ese hombre. Se quedó mirando al tipo furioso que estaba tirado en el suelo.
Sus ojos le daban una advertencia clara: si se atrevía a lastimar a Aurora, él mismo se encargaría de que lo pagara caro.
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El carro se detuvo despacio frente al castillo de la señorita Alma. Entrar en ese lugar no era tan fácil como e