Javier de verdad quería irse; quería llevarse a Aurora y largarse de ese lugar de una vez por todas. Pero hasta ese momento no la había visto; ni siquiera sabía dónde la tenía escondida ese hombre. Se quedó mirando al tipo furioso que estaba tirado en el suelo.
Sus ojos le daban una advertencia clara: si se atrevía a lastimar a Aurora, él mismo se encargaría de que lo pagara caro.
***
El carro se detuvo despacio frente al castillo de la señorita Alma. Entrar en ese lugar no era tan fácil como en la casa de Jeison, donde Pedro había pasado casi sin problemas. En cuanto puso un pie en la entrada del jardín, dos guardaespaldas lo detuvieron.
La administradora de la mansión, una mujer de unos treinta años, se acercó de forma respetuosa.
—La señorita está descansando —dijo con mucho respeto—. Déjeme avisarle que llegó, señor Pedro. Pedro asintió tranquilo y esperó con paciencia en la entrada.
Mientras tanto, Mateo seguía adentro del carro. No podía dejar que nadie lo viera hasta estar se