Mateo sintió que el corazón se le encogía una y otra vez por un dolor intenso.
—Esa llamada que me hiciste me permitió confirmar la ruta, por eso pude seguirte hasta aquí. Perdóname, Aurora, llegué tarde.
Con los ojos rojos, Mateo le habló a la persona que estaba detrás de la puerta, sin dejar de mover las manos. Escuchó la voz de Aurora que trataba de contener el llanto:
—No es tarde, de verdad. Que hayas logrado llegar hasta aquí ya es muchísimo. Tranquilo, no me hicieron nada grave, estoy bie