Doña Godines me miró y me dijo con cuidado:
—Por favor, no se ponga así. Seguro que al anochecer su padre va a traer de vuelta a los niños. Cuando usted y Carlos eran chiquitos, su padre los adoraba; apenas salía del trabajo, los llevaba a pasear. Esta vez, seguro se llevó a Embi y a Luki a un parque de diversiones.
Eso mismo decían doña Godines y Carlos.
Pero yo no me creía eso para nada.
Ese hombre ya no era el padre cariñoso de hace tantos años.
Había cambiado, estaba podrido por dentro.
Y ju