En ese momento, la puerta se abrió de golpe con un estruendo. Me estremecí y me levanté por instinto. Los médicos y las enfermeras que estaban a mi lado se asustaron.
—¡Oiga! ¿Quién es usted? —gritó alguien—. ¡Sálgase de aquí ahorita mismo, los hombres no pueden entrar!
No alcancé a reaccionar cuando alguien abrió la cortina de la nada. Al instante siguiente, vi a alguien pasar y me sacó del quirófano de un jalón.
—¡Tú... tú de verdad no quieres a este niño! —era la voz de Javier.
Me molesté al